Bucle

Una consecuencia especialmente trágica del maltrato infantil es que enseña patrones que conducen a repetirlo una y otra vez a repetirlo en nuestra vida adulta.

En los primeros tres años de vida aprendemos a vincularnos. Aprendemos lo que es el amor incondicional, lo que nos hace sentir queridos, lo que buscamos inconscientemente el resto de nuestra vida.

Cuando ese amor no es incondicional, sino condicional, violento y dominante, algo se rompe. El cerebro crece mal conectado. Las redes neuronales que gestionan nuestro afecto, nuestro deseo, nuestra seguridad, nuestros miedos, están mal diseñadas. Aprendemos a amar a quien nos hace daño, a desear a quien no puede vernos, a querer a quien no está equipado para querernos. Aprendemos que la única forma de que nos quieran es entregarnos incondicionalmente, darlo todo, poner al otro por encima de nosotros mismos. No aprendemos a formular nuestros deseos, y los reemplazamos por los de la persona a quien queremos. Nos enseña a buscar a personas enfermas, rotas, que nos maltraten, porque la intensidad del maltrato es lo que hemos aprendido a querer.  Quizá se puede reconectar el cerebro de adultos, quizá no. Quizá lo mejor que se puede hacer es atenuar esos patrones, y aprender, a partir de racionalidad y fuerza de voluntad, a renunciar al amor que tenemos programado en el cerebro y sustituirlo por el cariño cotidiano de quien nos trata bien. Pero quizá nunca podamos sentirnos queridos. Quizá aceptar nuestras heridas implica aceptar que nunca nadie sano podrá hacernos sentir queridos; sólo acompañados, abrazados, temporalmente felices.

Quizá ese es el daño más grande que quienes nos trataron mal nos hicieron. Nos engancharon a su violencia, a su agresión, enseñándonos que eso era el amor, porque les convenía, porque nos querían débiles y sometidos, y en ese proceso nos impidieron ser queridos de verdad de por vida. Quizá aceptar las heridas del maltrato es aceptar la pérdida del amor en nuestras vidas.

Fotografía

Cambiando un carrete recuerdo un incidente, hace muchos años. No fue algo especial, pero lo recuerdo como una concreción del clima en el que crecí. Quizá eso hace difícil para la gente que ha vivido una infancia distinta entender la relevancia de algunos hechos: estos recuerdos no son momentos especialmente dolorosos, visibles porque se destacan contra el entorno habitual de alegrías, penas y aprendizaje; son momentos importantes porque son como anclas a las que aferrarse para reivindicar la realidad que quedaba enterrada debajo de las palabras, son momentos en los que la presencia siempre invisible del desprecio y la violencia se hacía visible de una forma que se puede comunicar. Normalmente ni siquiera son especialmente dolorosos, al contrario, su carácter tangible, concreto, explicable, los hacía más fáciles de digerir, animaba no al dolor sino a la rebeldía, como un psiquiatra paternalista y opresivo que se construye todo un árbol de explicaciones para justificar tratamientos crueles a sus pacientes pero revela en el momento del tratamiento, con una mueca de placer sádico, la verdadera motivación. Esos momentos fugaces en los que el dolor era tangible eran para mí un alimento para la rebeldía, para la no aceptación.

De niño no podía hacer fotografías. Cada vez que me acercaba a cualquier aparato, el grito era “déjalo, lo vas a romper”. Me quitaban las cosas de las manos para que no las corrompiera, para que no las destruyera; al fin y al cabo, ese desprecio, ese gritarle al otro que no sabe hacer las cosas era la única defensa de mi padre ante su nula autoestima. No es que a mi padre le gustara la fotografía: no tenía ni idea, no le interesaba. Era otra de esas cosas que se supone que hay que hacer si quieres hacer ver que tienes una familia y eres una persona normal. Muchos años después, cuando yo empecé a viajar y a hacer fotos con mi propia cámara digital, algunas veces mi padre me comentaría con desprecio que malgastaba fotos por hacerlas sin gente, por fotografiar monumentos, paisajes, o pequeñas escenas que me llamaban la atención. Para él no tenía sentido una fotografía que no fuera una puesta en escena familiar o de amigos, con las sonrisas forzadas y la falta de contexto que llenan todas las fotografías de sus álbumes familiares. Una colección a lo largo de los años de la misma idea: míranos, estamos juntos y sonreímos. La prueba tangible de que su control sobre el pequeño espacio desde el que se protegía de sus miedos funcionaba. Documentar su pequeña dictadura para alejar la inseguridad que le llevaba a instaurarla.

Sólo mucho más tarde, quizá en mi primer año de instituto, recuerdo utilizar la cámara por mí mismo. Pedí permiso para tirar unas cuantas fotos (quizá 6, 8) que quedaban en un carrete de vacaciones. Creo que fue con unas miniaturas: había invitado a un amigo a casa, montamos un escenario en la mesa de la cocina, y de alguna manera quería plasmar eso, representarlo; estaba, con 11 o 12 años, empezando a palpar mi propia capacidad para expresarme. Por supuesto, la forma era muy banal, muy prefabricada, pero tampoco se puede pedir más a unos chavales de barrio obrero  en los que cualquier entelequia romántica sobre el yo y la expresión se trata con burla o pérdida de paciencia. Ese era el mensaje que recibíamos en casa y, también, el que recibíamos en el colegio, un colegio pequeño y triste, con profesores desanimados y aburridos, que estaba ahí sólo para que los hijos de los obreros que vivían en estos bloques periféricos, alrededor de una docena por año, no tuvieran que coger el autobús para ir a otro sitio. La atmósfera de derrotismo sobre el potencial de los alumnos se extendía por los pasillos y las aulas tomaba la forma de una penumbra casi palpable, aséptica y silenciosa.

Pedí permiso para utilizar esas fotos antes de que llevaran el carrete a revelar, y para mi sorpresa, lo obtuve. Pasé al menos un par de horas preparando todo, colocando las miniaturas, montando la escena, decidiendo los pequeños detalles. Era, por supuesto, horrible: las miniaturas no estaban pintadas, la mesa de la cocina se veía, fea y cotidiana, como fondo de todas las fotografías, y yo no tenía ni idea de cómo se hacían fotografías. Recuerdo mi excitación infantil al probar diferentes cosas; intenté hacer primeros planos (sin tener ningún concepto de la distancia mínima de foco), tomé fotografías desde ángulos opuestos como una especie intuición idiota del cubismo, hice en diez minutos un recorrido por todas las ideas que, desde mi absoluta ignorancia y en una euforia que sólo puedo explicar por la falta de experiencia en no estar sujeto a la crítica controladora de mis padres, pude concebir. Disfruté profundamente, con una especie de satisfacción en mí mismo y en mi hacer que entonces no entendía. Recogí, satisfecho, y dejé la cámara a mano, a tiempo para el día del revelado. Tenía verdaderas ganas de ver cuál era el resultado.

El resultado vino unos días después. pero no fue en forma de fotografías, al principio. Recuerdo el portazo de mi madre al llegar a casa, el ruido de las llaves tiradas contra la mesa en ese gesto tan característico de cuando venía con nuevo material por el que hacerme sentir una mierda. Salí, asustado, al salón, y mi madre arrojó el sobre cerrado con las fotos que acababa de recoger a la mesa, con esa mezcla de desprecio, odio, orgullo y autoridad con la que tanto disfrutaba, como un comisario de la policía política tirando encima de la mesa, en un despacho de la dirección de seguridad, la prueba indiscutible de que un disidente era un enemigo del Estado. Los siguientes minutos fueron una colección de insultos y desprecios,  la mayoría tomados de la bolsa cotidiana: inútil, idiota, no sé qué voy a hacer contigo, has malgastado las fotografías, no te puedo dejar hacer nada. La siempre eficaz cantinela de la decepción (“con lo que yo hago por ti, así me lo pagas…”) enmascarando el placer sádico del desprecio; la necesidad de convertir cualquiera de mis defectos en un pecado imperdonable para no prestar atención a sus tremendas carencias.

Quizá se podría pensar que esa reacción tenía más que ver con la exigencia. Podría ser razonable. Imagino que las personas competentes y exigentes consigo mismas también tienden a serlo con sus hijos, a quienes aplican las mismas demandas que a sí mismos. Pero no es el caso. Mi madre no tenía ni idea de fotografía. Mi padre era el único que usaba la cámara. Sólo recuerdo a mi madre tirar fotos sin las instrucciones directas de mi padre más tarde, mucho más tarde, y sin ningún tipo de gusto. No, no era un intento (mal orientado) de animarme a hacerlo mejor. Era el castigo a mi autonomía, era hacerme pagar por ese rato de felicidad y exploración que me había permitido. Era poder y control, y hacerme sentir culpable por aprender a hacer cosas de una forma que no era la que me habían prescrito. Era maltrato emocional. Era Pedro Arbués en La Esperanza, de Villers de l’Isle Adam, esperando al judío que se fuga, condenándolo con un abrazo decepcionado y sádico de inquisidor. Era mi madre.

Este tipo de situaciones se habían dado cada vez que me había expresado artísticamente, desde que rayaba folios sin sentido con dos años hasta que quise estudiar música en mi adolescencia. Cualquier expresión era una amenaza porque podía dar salida, y por tanto hacer reales, las emociones que yo sentía por el trato que me daban. Amenazaba con dar un cauce a la realidad, esa realidad que tanto se esforzaban en desmentir con palabras y apariencias. No podían evitar que aprendiera a pintar, dibujar, o escribir en el colegio, pero sí podían evitar que expresara nada con todo ello.

Y cuando, más tarde, pude empezar a romper con este patrón, me esperaba otro. Muchos años más tarde, cuando viví en otro país, cuando empecé a hacer fotografías, a desarrollar mi propia mirada, me encontré con mi padre entrando a mi ordenador sin permiso, mirando mis carpetas de fotos, incluidas las privadas, las que nunca se habían hecho para otra persona que yo, y apropiándoselas, subiéndolas a una red social como suyas. Lo supe por accidente, cuando vi docenas, cientos de mis fotos en su cuenta, con una irónica marca de agua que las proclamaba suyas, no fuera que algún despiadado ladrón de contenidos decidiera robárselas a mi padre. Cuando le pregunté por el tema, no respondió. No apartó la mirada de su pantalla. No quería hablar de eso, y no se hablaba. Lo mencioné varias veces más, hasta que en alguna ocasión respondió con rabia y desprecio, instruyéndome a que le dejara en paz or else.

Me he encontrado a gente que me pregunta por qué, si tengo buenas ideas, nunca las llevo a cabo. O, si las llevo a cabo, no las enseño. O las destruyo. O las empiezo, y enseguida pierdo el interés. Y siempre me encuentro con la impotencia de explicar todo esto. Puedo decir “De niño nunca me animaban a hacer cosas artísticas”, pero no es suficiente. Muchos padres no animan especialmente a sus hijos a expresarse artísticamente, pero el nivel de castigo, de desprecio, de odio cuando lo hacía es diferente. Es perverso.

Refugio

Desde los 12 años nunca tuve habitación propia en casa. No es que antes tuviera mi habitación – un recuerdo recurrente es jugar solo en mi cuarto, hablando en voz alta, sólo para oír una risa o un gruñido de desaprobación y ver a mi madre sonriendo con desprecio en la puerta ante algo que había dicho o hecho en el juego, y abrir la puerta de mi cuarto sin avisar y de forma lo más rápida y violenta posible, sin motivo aparente, era uno de los recordatorios de control más visibles en casa, muchos años antes y después de esa fecha – pero con 12 años mi padre decidió poner su ordenador en mi mesa de escritorio. A partir de ese momento, cualquier ficción de control sobre mi único espacio medianamente privado desapareció. Que mi padre utilizara mi escritorio implicaba que tenía derecho a mover cualquier cosa – en la mesa, en la cabecera de mi cama, en las estanterías – a voluntad, sin importar las veces que protestara o volviera a moverlo. También implicaba tolerar bufidos irritados, comentarios despectivos y todo un teatrillo diseñado para hacerme sentir sobrante e incómodo cada vez que pedía quedarme a solas. Después, durante años, mi padre me ha echado en cara lo egoísta que era echarle de su ordenador.

Supongo que es imposible entender el efecto de años de este tipo de trato sin haberlo vivido. Se puede empatizar con el hecho aislado, pero es imposible entender la multiplicación debida al hecho de que ese régimen de control y desprecio se extendía a todos los aspectos de mi vida. Es imaginar esa situación sin un solo refugio al que acudir.

 

 

El pozo del sótano

El dolor inmenso, encharcado, acumulado desde antes de tener recuerdos son los cimientos donde he construido una y otra vez todo lo que tenía. A cada fracaso, cada reinvención y vuelta a empezar, el dolor es más grande, los tablones que lo cubren están más rotos, la base es más endeble.

La paradoja cruel es que este terreno de segunda sobre el que construir sólo puede atraer a personas desesperadas por encontrar cualquier espacio. Personas que traen su dolor consigo y que lo arrojan al pozo, que tiran abajo lo que han levantado y se marchan sin mirar atrás. Y este círculo vicioso no termina.

Fuerza

Y, al mismo tiempo, empiezo a reconocerme como una persona extraordinariamente fuerte. A medida que aflojo la presión sobre la olla hirviendo que he tenido que reprimir desde antes de aprender a hablar, y veo la potencia primaria y salvaje de las emociones que contiene, valoro más y más la fuerza que he tenido. La fuerza que he empleado en evitar hacer a otros lo que me han hecho a mí. La fuerza que me ha permitido, como adulto, aguantar violencia verbal, emocional, incluso física, sin explotar. He sido capaz de sostener la enorme caldera de rabia, dolor, miedo y necesidad que tenía dentro y a la vez, con la otra mano, sostener la vida de personas que eran incapaces de sostenerla. No ha sido fácil. Esas personas, normalmente, se han acostumbrado al cuidado, a la caricia nutricia que recibían, una caricia que no habían tenido o que ya no recordaban. Y cuando he interrumpido la caricia, cuando he necesitado apoyarme con las dos manos para contener mi propia olla, han protestado, se han revuelto, han exigido ese cuidado. Hay algo materno, nutricio en esa caricia. Quizá no haber tenido madre me ha convertido en una madre excelente, para todo el mundo menos para mí mismo. Y, como infantes, las personas a las que he cuidado han protestado por el final de esos cuidados, me han odiado por no dárselos, y se han separado de mí como, imagino, se rompen los vínculos sanos entre madre e hija: recuperando la autonomía y cargándome a mí, a su recuerdo de mí, todos esos dolores y deseos que yo había satisfecho. He sentido la hostilidad de quien abre por primera vez su armario de las penas viejas, de los dolores aparcados bajo la gruesa manta de la funcionalidad adulta, y se siente acompañado y arropado para revisarlos, para revisitarlos, pero que, una vez se queda solo con ellos, quiere volver a encerrarlos en el cajón y no volver a contemplarlos. De alguna manera, he sido la esponja donde esa gente ha dejado parte de sus frustraciones, de sus odios, de sus miedos, un sanador que está condenado a ser un paréntesis, porque quien lo necesita no está condiciones de mirar más allá de su propio pecho.

Y es un papel que he aceptado con gusto, pero ahora necesito sanarme yo.

Odio

Odio. Odio profundamente. Es un odio antiguo como la tierra, como la infancia. Es el odio de todos los niños que no han podido elegir. Es el odio legítimo, absoluto, incontenible del indefenso. Odio a quien me ha atacado, agredido, maltratado. Pero sobre todo odio a los espectadores. A los impasibles. A los cobardes. El peso muerto de la historia, decía Gramsci. Los cobardes que se alimentan del sufrimiento de los débiles. Los cobardes que se sientan encima de una máquina de dolor y sufrimiento de la que no se sienten responsables. Los cobardes son quienes tienen la posibilidad de intervenir. Nunca lo hacen. El suyo es un juego sucio de conciencias, una moralidad trilera que subcontrata su poder, su violencia. La suya es la beatitud ensangrentada de la clase media, la amable mujer del embajador que mira entre sorprendida y asqueada a los pobres a la entrada del complejo vallado. El Mal es un silencio, un instante de egoísmo, es rodear la manzana para no acercarse a la realidad. El Mal es la cobardía, siempre.