Procesador

Estar aquí, ahora, es complicado. Noto que mi mente se resiste. Quiere escapar. Quiere llevar un camino separado del cuerpo porque me asusta el dolor que hay en ese cuerpo. Me asusta la ansiedad, el dolor, el terror que sigue atado a las hebras de mis músculos, envolviendo mis vísceras, comprimido en el centro de mi cerebro.

Mi mente entiende que ese dolor, ese miedo, tienen salida, tienen cura, pero no puede sentir alivio. Precisamente, está constituida de forma que no siente. Está en otro lado, racional, cognitivo. Está desconectada, y por eso, aunque entienda lo que es bueno para mí, lo que me curará, no puede sentirlo. Poco a poco voy descargando mi mente de tareas.

No es su tarea ligarme o desligarme de personas. No es su tarea decidir lo que me gusta y lo que no, lo que quiero cerca y lo que quiero lejos. Su tarea es ayudarme a actuar una vez haya tomado esas decisiones. Poco a poco, una parte más emocional de mí toma el control de las partes de mi vida que le corresponde controlar.

Confrontación

Un dilema que me atenaza, cuando pienso en la cantidad de violencia de muchos tipos que he recibido en mi vida, es el de confrontar, o no, a las personas que me han agredido.

Durante mi infancia no he tenido ninguna figura con la que me haya sentido seguro. Mi madre me quería, es cierto, pero estaba atrapada en su propia espiral de negación y dependencia. Necesitaba de mí validación, respeto, cariño, cuidados, un confidente y un marido. A la vez resentía esa dependencia, necesitaba ponerme en mi sitio, humillarme, controlarme, para contradecir esas necesidades, para sentir que aunque necesitara que yo fuera el adulto que la consolaba a ella, el adulto con el que ella se desahogaba, ella seguía al mando, yo seguía siendo esa cosa inferior o patética a la que humillar y con la que descargar frustración que sus propios padres le habían enseñado que eran los niños.

Mi padre nunca estuvo. Nunca me pegó o insultó tanto por el mismo motivo por el que nunca me dio cariño o apoyo: no le importaba. Era una persona absorbida por sí misma, sin vida, sin experiencias, sin amigos ni hobbies, que equiparaba felicidad con ser dictador absoluto entre los cuatro tristes muros de un piso de extrarradio. Todo lo que no fuera lo que él quería se respondía con silencio, desprecio y control. Trataba y trata a todo el mundo como una carga, y es quizá la persona más irresponsable que conozco. Siempre preparado para echar la culpa fuera. Como además es también un cobarde que nunca se ha atrevido a hacer nada que no pudiera controlar, su blanco preferido han sido las personas cautivas, que no podían decidir irse: yo, y, en menor medida, mi madre. Nunca fue violento con mi madre: simplemente la trataba con el castigo del silencio y esa desesperación teatral de quien en lo más profundo resiente la existencia de los demás. Hacía lo que quería y eso era suficiente.

Otras agresiones vinieron después (por parte de familiares, en relaciones de pareja), pero el patrón que me había enseñado a permitirlas y no defenderme venía de casa.

En nuestras sociedades, cargadas de ficción, el trauma se entiende como algo catártico, liberador. Como una verdad oculta que guía nuestras vidas hacia el colapso hasta que, justo a dos pasos del precipicio, se revela – y la luz de la verdad revelada atraviesa todos los muros, pone las cosas en orden y hace visible para todos, dentro y fuera de la situación, una realidad largo tiempo oculta. La verdad en el trauma se percibe como una fuerza irresistible, que redime a sus víctimas y castiga a sus culpables, imposible de contener una vez el genio ha salido de la botella. Son los hermanos bailando con una felicidad incontenible en el salón vacío, descalzos y borrachos y sensuales y llenos de vida, en Festen. Es el júbilo del esclavo romano en la Saturnalia, de la mujer en el aquellarre.

Por desgracia, la realidad es muy distinta. La verdad no es celebrada sino castigada. Las víctimas no se redimen con la verdad, sino que inician un largo camino de vergüenza, culpa, miedo y enfermedad mental. El entorno no apoya y celebra a las víctimas, sino que la víctima tiene que trabajar duro en el control de daños, en purgar los restos del maltrato, en cerrar por su cuenta las heridas antes de que nadie se acerque a ella. Nos encantan las historias de víctimas que han prosperado tras el abuso, pero nunca las escucharíamos si aún estuvieran en el largo y confuso túnel del maltrato y sus secuelas. Preferimos protegernos de ideas turbadoras, de tener que admitir que nuestros vecinos, conocidos, amigos, hermanos, padres son capaces de hacer cosas terribles. Y así alimentamos precisamente la dinámica más perversa del maltrato, abandonando a la víctima cuando más apoyo necesita, defendiendo una imagen idealizada del perpetrador en una especie de omertà colectiva que busca alejar de nosotros mismos la conciencia de que todos, todos nosotros los humanos, tenemos la capacidad de actuar de formas maravillosas pero también terribles. Incluso dentro de la ayuda profesional (psicólogos y psiquiatras), muchas veces el enfoque tiene más que ver con hacer a la víctima funcional que con sanar esas heridas. A través de medicación, diagnósticos y técnicas que no penetran más allá de los síntomas, se busca no que la persona cierre su dolor, sino que lo ignore lo suficiente para trabajar y ser productiva.

¿Debería sorprendernos, entonces, que muchas víctimas huyan de resolver su dolor, que lo hagan pagar a otros, que lo disuelva en alcohol o drogas? ¿Debería inquietarnos que detrás de cada historia de esquizofrenia, de depresión, de trastorno, de suicidio haya un trauma mal cerrado? Abandonamos a las víctimas cuando más nos necesitan, y las celebramos sólo cuando ya vuelven con las heridas sanadas, cuando han hecho esfuerzos sobrehumanos para recomponer sus vidas. Queremos historias de trauma cerradas, supervivientes cuyo éxito, cuya compostura aquí y ahora, nos tranquilice respecto al lobo negro que intuimos en nosotros y en los perpetradores a los que conocemos y queremos. O bien queremos historias trágicas, de fracaso, queremos a Sylvia Plath y a Foster Wallace, a Kafka y a Panero, para que nos abran una cómoda ventana a la parte oscura del dolor que nos fascina y nos asusta a la vez, sabiendo, eso sí, que su historia es la del fracaso, la causa perdida, sabiendo de antemano que su dolor lleva a un callejón sin salida y que ni necesitamos involucrarnos en su historia, ni nos identificamos con ella, nosotros que aún estamos vivos y, dentro de lo que cabe, sanos. Su dolor es consumible por nosotros porque está contenido por la distancia de su final y de su cierre. Esas historias sí nos gustan. Las que no nos pueden tocar, porque terminan lejos de nosotros.

Duelo

Perder una conexión, una relación humana, es perder una parte de nosotros. Aceptarnos efímeros, temporales, mutables. Es también perder la posibilidad de querer las partes de nosotros que están heridas, mal cerradas, pendientes. Es alejarnos para no sentir en carne propia las heridas del otro, ni ver reflejada en carne ajena las nuestras. Y, de fondo, el discurso, el imperativo constante: mereces más, experimentar más, probar más. Queremos la versión envasada, etiquetada y en cómodas raciones individuales de las relaciones humanas.  Y coleccionamos recuerdos como estampas de posibles vidas, con la pasión del archivero que nunca ha salido de su ciudad pero documenta y cataloga objetos de sitios lejanos, con la fascinación por ver mundo, por vivir, del trabajador de oficina de 8 a 5.

Caparazón

Crecer teniendo que sacrificarte por la estabilidad emocional de otra persona produce una forma de tragedia especialmente sorda y difícil de representar. Tener que estar perfectamente en sintonía con otra persona, y que se castigue o ignore cualquier acción o emoción espontáneas, hace que todo el aprendizaje, todo el desarrollo de las capacidades humanas, la empatía, la sensibilidad, el amor, la fuerza, se desarrollen más de lo normal, pero sólo orientadas hacia el exterior. Entre la verdadera persona que anida dentro, asustada y reprimida, y la persona exterior, necesaria y funcional, todos los esfuerzos se destinan a la última: las experiencias, los aprendizajes, el crecimiento, son devorados por una falsa persona externa que canibaliza la vida mientras la persona interior se empequeñece, empobrece y debilita.

Y cuando la persona interior finalmente intente salir, se encontrará con que todas esas cualidades no están realmente disponibles para ella. Son parte de aquello con lo que intenta romper, son parte del arsenal del enemigo, y al mismo tiempo propias. Utilizarlas vuelve a hacer sentir a la persona interior débil, pobre, aislada; no utilizarla la hace sentir incompleta, torpe, primitiva. El entorno lo refuerza, demanda lo primero y desprecia lo segundo.

La tragedia está ya cartografiada: infelicidad si no se rompe con el yo exterior, incapacidad si se hace. Navegar ese estrecho espacio es muy, muy complicado. Implica dudar de todo lo que uno hace, de sus motivaciones, y al mismo tiempo intentar escuchar y apreciar lo que sale de dentro. Pero, ¿cómo distinguirlo? ¿Cómo saber qué es lo genuino, cuando hemos tenido que reprimir toda traza genuina de nosotros mismos?

Humillación (1)

6 o 7 años de edad, apartamento de la Costa Dorada. Duermo, desnudo, en un sofá. No sé si es pronto por la mañana o el final de una siesta profunda. Sé que me despiertan con un par de gritos y empujones, como de costumbre. Es hora de salir y tengo que estar levantado de inmediato. Como durante toda mi infancia, arrastro problemas de sueño: dificultad para dormirme, dificultad para despertarme. Estoy en una zona de paso, así que no hay la más mínima contemplación: arriba, ya.

Soy incapaz. Durante bastantes minutos no soy consciente de lo que me rodea, aunque obedezco: este patrón durará años al levantarme, obedecer dócilmente mucho rato antes de tomar conciencia de lo que estoy haciendo. Mi tío se da cuenta, y decide aprovechar para gastarme una broma. Me pide que me levante, lo hago; me pide que separe las piernas, lo hago; me pide que me coja los tobillos. Lo hago, automáticamente. Sólo vuelvo a ser medianamente consciente de lo que me rodea cuando oigo el click de un diafragma. Me acaban de hacer una fotografía. Una fotografía en la que salgo desnudo, con las nalgas separadas, el escroto en un prominente primer plano, y la cabeza agachada, casi en el suelo; la postura en la que me han pedido que me coloque es una intrínsecamente humillante, como si necesitaran que me revelara patético y vulnerable. Inmediatamente reacciono. Protesto, me enfado, digo que no es justo. Mi tío, mis padres, ríen. Intento, sin éxito, alcanzar la cámara. Quiero romperla, destruirla, protestar así contra la humillación, contra la injusticia invasiva y dolorosa de que me conviertan en objeto de burla. No puedo. Mi tío es un hombre adulto, y utiliza la fuerza para mantenerme impotente y débil. Mis esfuerzos producen una carcajada de risas en todos los presentes. Finalmente abandono, me hundo en un lloro vencido y rendido ante la impotencia. Los adultos comentan la jugada, se ríen. Tengo que dejar de llorar y vestirme. Estoy retrasando a todo el mundo.

La fotografía siguió estando en los álbumes familiares durante muchos años.

Sublimación

¿Qué hacer con una capacidad desarrollada de entender las necesidades y emociones de otros, y una incapacidad de entender y respetar las necesidades y emociones propias? Intentar, una y otra vez, resolver los conflictos internos prestando atención a los conflictos de otros.