Confrontación

Un dilema que me atenaza, cuando pienso en la cantidad de violencia de muchos tipos que he recibido en mi vida, es el de confrontar, o no, a las personas que me han agredido.

Durante mi infancia no he tenido ninguna figura con la que me haya sentido seguro. Mi madre me quería, es cierto, pero estaba atrapada en su propia espiral de negación y dependencia. Necesitaba de mí validación, respeto, cariño, cuidados, un confidente y un marido. A la vez resentía esa dependencia, necesitaba ponerme en mi sitio, humillarme, controlarme, para contradecir esas necesidades, para sentir que aunque necesitara que yo fuera el adulto que la consolaba a ella, el adulto con el que ella se desahogaba, ella seguía al mando, yo seguía siendo esa cosa inferior o patética a la que humillar y con la que descargar frustración que sus propios padres le habían enseñado que eran los niños.

Mi padre nunca estuvo. Nunca me pegó o insultó tanto por el mismo motivo por el que nunca me dio cariño o apoyo: no le importaba. Era una persona absorbida por sí misma, sin vida, sin experiencias, sin amigos ni hobbies, que equiparaba felicidad con ser dictador absoluto entre los cuatro tristes muros de un piso de extrarradio. Todo lo que no fuera lo que él quería se respondía con silencio, desprecio y control. Trataba y trata a todo el mundo como una carga, y es quizá la persona más irresponsable que conozco. Siempre preparado para echar la culpa fuera. Como además es también un cobarde que nunca se ha atrevido a hacer nada que no pudiera controlar, su blanco preferido han sido las personas cautivas, que no podían decidir irse: yo, y, en menor medida, mi madre. Nunca fue violento con mi madre: simplemente la trataba con el castigo del silencio y esa desesperación teatral de quien en lo más profundo resiente la existencia de los demás. Hacía lo que quería y eso era suficiente.

Otras agresiones vinieron después (por parte de familiares, en relaciones de pareja), pero el patrón que me había enseñado a permitirlas y no defenderme venía de casa.

En nuestras sociedades, cargadas de ficción, el trauma se entiende como algo catártico, liberador. Como una verdad oculta que guía nuestras vidas hacia el colapso hasta que, justo a dos pasos del precipicio, se revela – y la luz de la verdad revelada atraviesa todos los muros, pone las cosas en orden y hace visible para todos, dentro y fuera de la situación, una realidad largo tiempo oculta. La verdad en el trauma se percibe como una fuerza irresistible, que redime a sus víctimas y castiga a sus culpables, imposible de contener una vez el genio ha salido de la botella. Son los hermanos bailando con una felicidad incontenible en el salón vacío, descalzos y borrachos y sensuales y llenos de vida, en Festen. Es el júbilo del esclavo romano en la Saturnalia, de la mujer en el aquellarre.

Por desgracia, la realidad es muy distinta. La verdad no es celebrada sino castigada. Las víctimas no se redimen con la verdad, sino que inician un largo camino de vergüenza, culpa, miedo y enfermedad mental. El entorno no apoya y celebra a las víctimas, sino que la víctima tiene que trabajar duro en el control de daños, en purgar los restos del maltrato, en cerrar por su cuenta las heridas antes de que nadie se acerque a ella. Nos encantan las historias de víctimas que han prosperado tras el abuso, pero nunca las escucharíamos si aún estuvieran en el largo y confuso túnel del maltrato y sus secuelas. Preferimos protegernos de ideas turbadoras, de tener que admitir que nuestros vecinos, conocidos, amigos, hermanos, padres son capaces de hacer cosas terribles. Y así alimentamos precisamente la dinámica más perversa del maltrato, abandonando a la víctima cuando más apoyo necesita, defendiendo una imagen idealizada del perpetrador en una especie de omertà colectiva que busca alejar de nosotros mismos la conciencia de que todos, todos nosotros los humanos, tenemos la capacidad de actuar de formas maravillosas pero también terribles. Incluso dentro de la ayuda profesional (psicólogos y psiquiatras), muchas veces el enfoque tiene más que ver con hacer a la víctima funcional que con sanar esas heridas. A través de medicación, diagnósticos y técnicas que no penetran más allá de los síntomas, se busca no que la persona cierre su dolor, sino que lo ignore lo suficiente para trabajar y ser productiva.

¿Debería sorprendernos, entonces, que muchas víctimas huyan de resolver su dolor, que lo hagan pagar a otros, que lo disuelva en alcohol o drogas? ¿Debería inquietarnos que detrás de cada historia de esquizofrenia, de depresión, de trastorno, de suicidio haya un trauma mal cerrado? Abandonamos a las víctimas cuando más nos necesitan, y las celebramos sólo cuando ya vuelven con las heridas sanadas, cuando han hecho esfuerzos sobrehumanos para recomponer sus vidas. Queremos historias de trauma cerradas, supervivientes cuyo éxito, cuya compostura aquí y ahora, nos tranquilice respecto al lobo negro que intuimos en nosotros y en los perpetradores a los que conocemos y queremos. O bien queremos historias trágicas, de fracaso, queremos a Sylvia Plath y a Foster Wallace, a Kafka y a Panero, para que nos abran una cómoda ventana a la parte oscura del dolor que nos fascina y nos asusta a la vez, sabiendo, eso sí, que su historia es la del fracaso, la causa perdida, sabiendo de antemano que su dolor lleva a un callejón sin salida y que ni necesitamos involucrarnos en su historia, ni nos identificamos con ella, nosotros que aún estamos vivos y, dentro de lo que cabe, sanos. Su dolor es consumible por nosotros porque está contenido por la distancia de su final y de su cierre. Esas historias sí nos gustan. Las que no nos pueden tocar, porque terminan lejos de nosotros.

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