Refugio

Desde los 12 años nunca tuve habitación propia en casa. No es que antes tuviera mi habitación – un recuerdo recurrente es jugar solo en mi cuarto, hablando en voz alta, sólo para oír una risa o un gruñido de desaprobación y ver a mi madre sonriendo con desprecio en la puerta ante algo que había dicho o hecho en el juego, y abrir la puerta de mi cuarto sin avisar y de forma lo más rápida y violenta posible, sin motivo aparente, era uno de los recordatorios de control más visibles en casa, muchos años antes y después de esa fecha – pero con 12 años mi padre decidió poner su ordenador en mi mesa de escritorio. A partir de ese momento, cualquier ficción de control sobre mi único espacio medianamente privado desapareció. Que mi padre utilizara mi escritorio implicaba que tenía derecho a mover cualquier cosa – en la mesa, en la cabecera de mi cama, en las estanterías – a voluntad, sin importar las veces que protestara o volviera a moverlo. También implicaba tolerar bufidos irritados, comentarios despectivos y todo un teatrillo diseñado para hacerme sentir sobrante e incómodo cada vez que pedía quedarme a solas. Después, durante años, mi padre me ha echado en cara lo egoísta que era echarle de su ordenador.

Supongo que es imposible entender el efecto de años de este tipo de trato sin haberlo vivido. Se puede empatizar con el hecho aislado, pero es imposible entender la multiplicación debida al hecho de que ese régimen de control y desprecio se extendía a todos los aspectos de mi vida. Es imaginar esa situación sin un solo refugio al que acudir.

 

 

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