Odio

Odio. Odio profundamente. Es un odio antiguo como la tierra, como la infancia. Es el odio de todos los niños que no han podido elegir. Es el odio legítimo, absoluto, incontenible del indefenso. Odio a quien me ha atacado, agredido, maltratado. Pero sobre todo odio a los espectadores. A los impasibles. A los cobardes. El peso muerto de la historia, decía Gramsci. Los cobardes que se alimentan del sufrimiento de los débiles. Los cobardes que se sientan encima de una máquina de dolor y sufrimiento de la que no se sienten responsables. Los cobardes son quienes tienen la posibilidad de intervenir. Nunca lo hacen. El suyo es un juego sucio de conciencias, una moralidad trilera que subcontrata su poder, su violencia. La suya es la beatitud ensangrentada de la clase media, la amable mujer del embajador que mira entre sorprendida y asqueada a los pobres a la entrada del complejo vallado. El Mal es un silencio, un instante de egoísmo, es rodear la manzana para no acercarse a la realidad. El Mal es la cobardía, siempre.

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