Fuerza

Y, al mismo tiempo, empiezo a reconocerme como una persona extraordinariamente fuerte. A medida que aflojo la presión sobre la olla hirviendo que he tenido que reprimir desde antes de aprender a hablar, y veo la potencia primaria y salvaje de las emociones que contiene, valoro más y más la fuerza que he tenido. La fuerza que he empleado en evitar hacer a otros lo que me han hecho a mí. La fuerza que me ha permitido, como adulto, aguantar violencia verbal, emocional, incluso física, sin explotar. He sido capaz de sostener la enorme caldera de rabia, dolor, miedo y necesidad que tenía dentro y a la vez, con la otra mano, sostener la vida de personas que eran incapaces de sostenerla. No ha sido fácil. Esas personas, normalmente, se han acostumbrado al cuidado, a la caricia nutricia que recibían, una caricia que no habían tenido o que ya no recordaban. Y cuando he interrumpido la caricia, cuando he necesitado apoyarme con las dos manos para contener mi propia olla, han protestado, se han revuelto, han exigido ese cuidado. Hay algo materno, nutricio en esa caricia. Quizá no haber tenido madre me ha convertido en una madre excelente, para todo el mundo menos para mí mismo. Y, como infantes, las personas a las que he cuidado han protestado por el final de esos cuidados, me han odiado por no dárselos, y se han separado de mí como, imagino, se rompen los vínculos sanos entre madre e hija: recuperando la autonomía y cargándome a mí, a su recuerdo de mí, todos esos dolores y deseos que yo había satisfecho. He sentido la hostilidad de quien abre por primera vez su armario de las penas viejas, de los dolores aparcados bajo la gruesa manta de la funcionalidad adulta, y se siente acompañado y arropado para revisarlos, para revisitarlos, pero que, una vez se queda solo con ellos, quiere volver a encerrarlos en el cajón y no volver a contemplarlos. De alguna manera, he sido la esponja donde esa gente ha dejado parte de sus frustraciones, de sus odios, de sus miedos, un sanador que está condenado a ser un paréntesis, porque quien lo necesita no está condiciones de mirar más allá de su propio pecho.

Y es un papel que he aceptado con gusto, pero ahora necesito sanarme yo.

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