Rabia

Una de las mierdas más hipócritas y ponzoñosas alrededor del maltrato tiene que ver con la rabia. La puta rabia. La rabia de quien es agredido repetidamente y se defiende. La puta rabia que “la gente”, esa manada informe de subnormales, egoístas y cobardes que siempre, siempre constituye el telón de fondo del maltrato, utiliza como un arma.

Hablamos del maltrato y de la compasión con las víctimas. Las víctimas molan. Dan poder social, dan prestigio. Cualquier maltratador puede fotografiarse en un acto a favor de las víctimas para ganar estatus a la vez que limpia su conciencia. Pero sólo nos interesan las víctimas que no lo son. Sólo queremos historias de víctimas que ya están repuestas, recuperadas. Queremos historias de víctimas que no sufren consecuencias. Víctimas que salen de experiencias muy dolorosas reforzadas, mejoradas, más fuertes, no historias reales de víctimas que están años rebotando en el dolor, el miedo, el sufrimiento. Las víctimas reales son siempre un coñazo. Las buenas son las otras, las que nos cuentan los lances traumáticos que han pasado quitándoles importancia, desde la invulnerabilidad.

Un secreto: esas víctimas son, siempre, siempre, los perpetradores.

No hay nada más sencillo para legitimar la violencia que presentarse como víctima. Ningún grupo social, por privilegiado y poderoso que realmente sea, deja de presentar sus agresiones como legítimas respuestas frente a su propia victimización. Todas las personas que han decidido vivir su vida insultando, agrediendo, explotando a otros para suplir sus carencias se sienten victimizadas.

Y siempre, siempre, utilizan su discurso para culpabilizar a sus víctimas. Siempre. Por su propio bien.

Pero el problema no está en los agresores. La agresión es siempre una disfunción. La persona que resuelve sus conflictos agrediendo, al menos, lo hace para sobrevivir. El verdadero problema está en todo el resto de la gente. Preguntad a cualquier víctima de maltrato, físico, sexual o psicológico, y os dirá lo mismo: lo que más duele es la falta de apoyo.

En su excelente Hot Allostatic Load, Porpentine, autora trans* estadounidense, explica su experiencia de maltrato en los entornos feministas y queer estadounidenses. Explica perfectamente que el castigo no es algo que tenga que ver con la responsabilidad, sino con el poder. Y dice algo extremadamente importante: si queréis entender la violencia, si queréis entender la historia secreta de un espacio, no miréis a quién está. Mirad las ausencias. Entended los vacíos. Fijaos en quién no tiene voz. Ahí está la huella de la victimización: donde no se oye.

Pero esto da por hecho que las personas que están en un espacio tienen el más mínimo interés en la historia de violencia sobre la que se ha construido. Supone que la violencia es algo rechazado en sí mismo, y no en función del signo y sentido de esa violencia. Supone que la aspiración de las personas que se politizan alrededor de discursos que contienen referencias a la violencia tienen un problema con la violencia.

No es así. Nunca es así. Al revés, la politización es siempre el deseo de acceder al control de la violencia.

Por eso la rabia de la víctima es siempre problemática: porque trastoca ese mecanismo. Por eso queremos el discurso de la victimización pero sin el caos, el desorden, la necesidad de sanar que las víctimas necesitan. Porque prestar atención a lo que realmente constituye el resultado de la violencia desvía nuestra atención del funcionamiento de la maquinaria de ego y estatus que se alimenta, que necesita como combustible esa misma violencia. Porque del maltrato no sólo se alimenta el perpetrador: se alimenta todo el entorno. Por eso no nos molesta, en el fondo, que el perpetrador haga el trabajo sucio. Porque es más fácil mirarnos a los ojos, y convencernos los unos a los otros de que la víctima se lo merecía, de que al fin y al cabo no era tan buena gente. Porque sin ese sacrificio ritual, nuestro propio papel sería menos beneficioso.

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