Costura

Siempre me ha fascinado la capacidad de la gente a mi alrededor para mentirse a sí misma, y creérselo.

Crecer en una familia donde hay dos niveles de comunicación, dos capas de realidad, donde lo que se dice está en guerra abierta con lo que se hace, destroza la capacidad del infante para tener una relación razonable con la realidad. Porque una relación razonable con la realidad no es honestidad: es el nivel correcto, socialmente aceptable, de mentiras.

Los niños que crecen en un entorno así tienen que aprender a navegar una realidad dolorosa, de violencia, invasión, victimización y negligencia, y al mismo tiempo sostener la ficción simbólica del amor y el cariño en la familia. Porque no hacerlo, porque cuestionar las palabras con los hechos, es la vía más rápida para el castigo, para un castigo salvajemente cruel. Porque ese castigo no es una forma de disciplinar o una enseñanza para el niño: es la defensa psicológica de los adultos para alejar toda posibilidad de que su fantasía de una familia amorosa y cuidadora sea reemplazada por la realidad de sus acciones. Los adultos instalados en la doble posición de perpetrador y cuidador necesitan desesperadamente que las apariencias les encubran para evitar que su ego, su identidad, se autodestruyan. Necesitan calmar sus conciencias explicando que la violencia es por el bien del niño. Pero al mismo tiempo necesitan mantener la violencia, porque es su sustento, el alimento que les permite alimentar sus propias carencias. Un juego sádico al que el niño sólo puede adaptarse con esa plasticidad que todos tienen.

Por tu propio bien. Me da un vuelco el estómago.

El niño que crece teniendo que separar las apariencias de la realidad, entendiendo las capas inferiores de significado, captando las motivaciones de gente que jura y perjura tener otras muy distintas, está terriblemente mal equipado para el entramado de mentiras socialmente aceptables de la vida adulta. Fromm decía que sólo la persona deprimida, con su déficit de energía, está en posición de entender cuánta energía empleamos realmente en tareas e interacciones cotidianas que damos por hechas. Sólo cuando alguien ha tenido que aprender a protegerse de la mentira, de las defensas del ego, de la agresión disfrazada de defensa, puede ver hasta qué punto la vida adulta es siempre un teatro.

Neil Burton lo llama “super-cordura”: la capacidad de entender las metadinámicas, los mecanismos subyacentes a las acciones de las personas. La alternativa a la super-cordura es la enfermedad mental, la extensión de las ficciones y defensas a todos los ámbitos del funcionamiento.

El problema, por supuesto, es que las dos posiciones son marginales. Las dos posiciones producen miedo y agresión en las buenas gentes, los campesinos con horcas y antorchas que temen al Otro porque amenaza con exponerlos. Las reglas no escritas pueden castigar a quien las transgrede, pero el mayor castigo se reserva para quien las menciona explícitamente y con ello amenaza con tirar abajo todo el entramado.

Puto loco. Dale fuerte.

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