Fractura

Tengo treinta años, y estoy solo, viviendo en una ciudad distinta a la mía, en un cuarto sucio y desordenado, con cosas apiladas por todas partes.

Este fin de semana he confrontado, por primera vez, dos realidades. Que mi madre me utilizó sexualmente durante mi infancia, y que probablemente su padre hizo lo mismo con ella.

Hace un año y medio que mi vida se vino abajo. Me encontré en una relación con una persona que mentía, proyectaba, culpabilizaba y manipulaba; mi principal motivación para estar en esa relación, veo ahora, era cuidar a esa persona, arreglarla con amor, la típica fantasía del niño herido. En muchos sentidos, esa persona era mi madre. Por supuesto, era casi treinta años más joven y completamente diferente, pero la forma en la que había elegido lidiar con sus problemas era la misma. Y, para ambas, yo había jugado el mismo papel: el de esponja, toalla, paño de lágrimas, compañero cariñoso. Espejo emocional, en definitiva. Un espejo que ninguna de las dos mujeres había tenido.

El único problema es que las dos necesitaban tanto ese espejo que estaban dispuestas a aniquilarme, a hacerme desaparecer, si hacía falta, para conseguirlo.

En este año y medio he aprendido muchas cosas. He entendido los mecanismos por los que operaban estas personas mucho mejor que ellas mismas. He aceptado que nunca tuve ninguna oportunidad de identificar y huir de la segunda persona que me trató así porque había sido preparado para ello por la primera.

Y, últimamente, he aprendido que sentirme herido es una parte importante del conjunto, pero que reconocer y sentir pena por sus historias es algo que necesito. Algo que es casi inevitable a estas alturas. Aceptar sus historias es necesario para aceptar y cerrar las heridas que ellas mismas me produjeron.

Por supuesto, es complicado hacer esto cuando las personas en cuestión preferirían morir o matar, literalmente, antes de aceptar la verdad de sus historias. Una de ellas estaba tan consumida por su drama que en ningún momento se cuestionó destruir mis defensas psicológicas, distorsionar la construcción de mi persona para hacerla totalmente subordinada a lo que ella necesitaba. La otra encontró el respaldo, el apoyo emocional y mi capacidad para sostener y digerir sus problemas por ella tan adictivo que cuando me aparté para resolver mi propia historia presionó hasta llevarme a un intento de suicidio. Estaba tan atrapada en una espiral de negación y dolor profundo que preferiría verme muerto antes que dejar de descargar sobre mí la gestión de su dolor.

Y al mismo tiempo, no puedo culparlas. Yo acepté esos papeles. Y los he seguido aceptando. Cuando mi pareja vio que me separaba de ella, recurrió a la violencia. Y cuando entendió que eso me alejaba definitivamente, me acusó a mí de hacerlo. Sus heridas eran demasiado profundas y sus defensas demasiado primitivas para poder permitirse afrontar la realidad de sus actos.

Y yo callé. Y, callando, de alguna manera seguí siendo el espejo, el fiel confidente, el padre que sostiene y apoya. Mi silencio se convirtió en el trasfondo en el que ella pudo dibujar una imagen distorsionada, grotesca, de la relación, pero esa imagen grotesca y distorsionada era lo que necesitaba para sobrevivir. Por eso me había elegido. Porque la niña dentro de ella gritaba tan fuerte de rabia y dolor e injusticia que necesitaba a su lado una fuente de silencio, un sumidero que lo absorbiera.

Y yo lo era, pero el coste que pagaba en carne propia por ello era tremendo.

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